Cultura
11.02.2012 | 11:40

La democracia de las patadas

Cuando hay tolerancia, la sociedad avanza, pero cuando es una máscara, los rivales se vuelven en enemigos en el futbol y en la política.

Escrito por Tomado de Diario La Razón
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Dicen algunos comentaristas que los procesos electorales son semejantes al futbol. En ellos también existen reglas bien definidas, equipos con banderines y porristas, jugadores que brincan de un equipo a otro, árbitros que corren más que los jugadores, entrenadores iracundos, jugadas magistrales, estadios que se llenan, contiendas memorables, golpes de suerte, patadas arteras, jugadores que se quedan en la banca, veteranos que se niegan al retiro, estrellas efímeras, encuentros que se anuncian con fanfarrias y terminan dando sueño.

Cuando la democracia echa raíces en las sociedades como un sistema que se respeta, los vencidos en las elecciones aceptan su derrota, felicitan a sus rivales, saben que los resultados son pasajeros, se preparan para futuros encuentros.

Pero cuando la democracia es una máscara para encubrir tejidos sociales en descomposición, los rivales se convierten en enemigos, el fanatismo se desborda, la violencia vuelve por sus fueros y los encuentros terminan en guerras encarnizadas.

Algo así pasó en Egipto, ese país que fue la cuna de una civilización extraordinaria, pero que lleva años de extravío para poder gobernarse en paz.

En el estadio de Port Said, en la boca del estratégico Canal de Suez, el 1º de febrero se enfrentaron dos equipos que se odian a muerte. Uno, el Al-Ahli, representa para las provincias del país el odioso centralismo de El Cairo; otro, el Al-Masri, es el emblema de los grupos vandálicos que pululan en la clandestinidad y ceban sus anhelos vengativos en los escudos de la policía. Eso es hasta cierto punto normal. Nada que no ocurra en otras partes del mundo. Se trata del equivalente árabe de los hoolingans de Gran Bretaña.

Lo escalofriante del asunto es que los hinchas del Al-Masri no solamente ganaron el partido, sino que después de golear al Al-Ahli decidieron rematar a los jugadores del equipo rival y darle su merecido a sus seguidores. Al finalizar el juego, la cancha se convirtió en un auténtico campo de batalla. Los hinchas locales invadieron el campo armados de palos y cuchillos, y persiguieron a los jugadores del equipo rival para lincharlos. El ataque y los tumultos dejaron un saldo trágico de 74 muertos, algo que no se veía en los estadios desde el aplastamiento del público en los túneles del estadio Mateo Flores de Guatemala en 1996, o en la llamada Guerra del futbol entre Honduras y El Salvador en 1969. Un espectáculo deplorable.

Dicen los analistas que la política, y no el futbol, fue la verdadera culpable de la desgracia. Que Egipto sigue perdido en una encrucijada desde el derrocamiento de Hosni Mubarak. Que la economía se ensaña en los bolsillos de la población, independientemente de la apertura política. Que la corrupción del sistema está intacta. Que las fuerzas del orden se cruzaron de brazos ante la matanza, como una venganza simbólica ante su desprestigio. Que la masacre fue el detonante para una nueva revuelta, mucho más profunda e impredecible que la de hace un año.

Lo cierto es que el futbol funciona, en momentos estelares, como el espejo de la democracia de las naciones. En Egipto la población está dividida por los abismos sociales y los odios regionales. Y sigue ávida de venganza. Mientras esa situación no encuentre salida, los partidos de futbol seguirán siendo polvorines incandescentes.

En México, afortunadamente, los encuentros con el balón no terminan en matanzas. Las derrotas políticas y futbolísticas se aceptan después de ciertos aspavientos. La democracia y la civilidad parecen haberse asentado en las tribunas.

Lo malo es que nuestros equipos, a pesar su larga experiencia, no han logrado dar el salto a las grandes ligas, y siguen dando tediosas exhibiciones de futbol rústico y llanero.

A José Woldenberg, árbitro ejemplar 

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