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Entre el tumulto de aficionados sobresalía Mónica y dos pequeños, la esposa y los hijos de Oribe, que al percatarse de la figura del jugador le gritaron: “¡Por acá!”.
En medio de la confusión ocasionada por la porras, los vitores, los abrazos, el delantero se abrió paso para ir al encuentro de sus seres queridos, a los que le prometió una medalla, sin precisar el color... “Yo sabía que iba a ser algo importante, lo fue desde que lo llamaron... Desde que salió para Londres, me dijo que se iba a llevar una medalla...
–¿De oro? –le pregunté–
–Sí, lo prometo –y sonrió, recordó Mónica.
–Siempre confío en él... –señaló mientras mantenía el control en los pequeños que le preguntaban por su papá.
“Estar lejos de él siempre implica un sacrificio, pero ahí voy a estar hasta donde vaya, apoyándolo. (Estoy) muy orgullosa, siempre se lo he dicho. Cada que salta a la cancha se me pone la piel chinita, porque está cumpliendo el sueño que siempre quiso".
Un “Papá, te amo”, antecedió al abrazo y unas lágrimas en el jugador santista que no pudo emitir palabra, sólo un abrazo efusivo a sus pequeños y esposa.
“Quiero estar con la familia, les agradezco a todos lo que me vinieron a recibir esta tarde, decirles pues que estoy feliz de regresar y a trabajar de inmediato, mañana me reporto con Santos".
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