Cultura
16.09.2012 | 12:49
Gabriel D’annunzio: el esteta y la ciudad
Célebre por sus amoríos, también tenía vocación guerrera; es famosa su ocupación, a fines de la Primera Guerra Mundial, de la ciudad de Fiume en el mar Adriático
Aspiraba así su cigarrillo para disipar el olor ácido y penetrante del mercado, esparcido en la ciudad por el viento vespertino. Pero él pensaba también que fumar era un placer sólo al convertirse en un vicio. Y ese era uno de los vicios a los cuales él se entregaba, semejante al disfrute de la carne femenina, la de mujeres hermosas e inclusive la de matronas conservadoras de su belleza, pues presumía no haber probado el fruto demasiado temprano y ser más bien un verdadero “corruptor de mayores”.
Contempló el crepúsculo igual a un incendio lejano y resplandeciente en el cielo, parecido al de la tarde cuando una escuadrilla de aviones austriacos se enfrentó a la suya, combate en el cual él recibió una herida que lo amenazó con la ceguera. La luz del sol declinante habría sido la última imagen vista resguardada por su memoria hundida en la oscuridad, pues los convertidos en ciegos miran sus recuerdos como si fueran sueños incesantes.
El escritor, el poeta, fumaba sin melancolía; era el comandante de Fiume, ciudad tomada con sus legionarios para recuperarla como suelo italiano. Al fumar con lentitud y deleite, trataba de ocultarse los vapores del mercado y también de disipar un olor más terrible que el del pescado podrido y era aquel emanado por la peste que, como en las ciudades medievales sitiadas, hacía acto de presencia en medio de las penurias provocadas por los poderes quienes querían someter su insurrección mediante el hambre, la desolación y la ruina del aislamiento.
Por la mañana, un comando de legionarios apoderados del barco Cogne zarpado de Catania habían desembarcado alimentos y armas, vitoreados por una población que en un plebiscito proclamó su voluntad de pertenecer al reino de Italia, dirigidos por la voluntad férrea de su comandante, quien dijo:
“La causa de Fiume no es la causa del suelo: es la causa del alma, de la inmortalidad. Esto es lo que los ruines o los cobardes ignoran o no reconocen o falsean. Todos mis soldados lo saben, lo han comprendido y adivinado. Desde la indomable Sinn Fein de Irlanda hasta la bandera roja, que en Egipto reúne la cruz con la media luna, todas las insurrecciones del espíritu contra los devoradores de carne cruda, iluminadas por nuestras estrellas, están dispuestas a irrumpir y a vencer”.
Recibido con los laureles de la victoria, el poeta armado planteaba su desafío y decretaba un ordenamiento de sesenta y cinco artículos basados en tres principios trascendentes: la belleza, la nobleza y la justicia humanas; él mismo redactó los preceptos para el gobierno de la ciudad, aprobados por un consejo de ciudadanos en nombre de una población la cual reivindicaba su decisión de pertenecer a la Italia del Dante y del Renacimiento y, por lo tanto, aceptaba normas como la número 65, la cual decía a la letra: “En la ciudad de Fiume queda encargado el Colegio de los Ediles de la edificación de una rotonda capaz para diez mil oyentes cuando menos, provista de graderías cómodas para el pueblo y de un vasto foso para la orquesta y el coro”, pues afirmaba el poeta-legislador: “la música, considerada como lenguaje ritual, es la exaltadora del acto de vida, de la obra de vida”. Y se interrogaba luego: “¿No parece que la música grande anuncie cada vez a la multitud atenta y ansiosa el reino del espíritu?”.
Gabriel D”Anunnzio aplastó el cigarrillo en su mano enguantada. Suspiró y apretó los dientes, el sol se apagaba en la lejanía haciendo brillar apenas sobre el mar el reflejo de sus rayos declinantes mientras al fondo la noche se mezclaba ya con el rojo intenso a punto de fenecer ese día. En algún lugar los barcos de guerra se preparaban ya para arribar a Fiume y derrotar al poeta —también dramaturgo y novelista— y a sus legionarios.
Después de perder esa batalla, enclaustrado en su mansión de El Vittoriale donde criaba galgos —pues amaba a los perros, animales fieles como ninguno— escribió rememorando sus hazañas en Fiume, tomada por él a fines de la primera guerra mundial: “Como una sola voluntad, como una sola belleza, como una sola potencia, como un solo dolor, como una sola gloria”.
Su obra
» Tierra virgen (1882)
» El libro de las vírgenes (1884)
» San Pantaleone (1886)
» El placer (1889)
» Giovanni Episcopo (1891)
» El inocente (1892)
» El triunfo de la muerte (1894)
» Las vírgenes de las rocas (1895)
» Sueño de una mañana de primavera (1897)
» La gloria (1899)
» La ciudad muerta (1899)
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