Cultura
13.10.2012 | 12:46

El pájaro judío, de Bernard Malamud

Este texto recrea de forma original el célebre cuento del autor norteamericano, que forma parte de su libro Idiotas primero

Escrito por Tomado de Diario La Razón
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México, DF.- Era un mediodía tranquilo. El hombre manejaba sin prisa por la carretera solitaria. A lo lejos, a un costado del camino, alcanzó a ver un tumulto. Al acercarse advirtió eran niños, desarrapados todos, armados de palos muchos de ellos, quienes perseguían lanzando piedras a un enorme pájaro negro, el cual batía sus alas y no alzaba el vuelo, corriendo de manera desesperada y ridícula. Comprendió la situación de inmediato y frenó su auto, se bajó ágilmente y alcanzó a los muchachos:

—¡Hey, dejen a ese pájaro en paz! —gritó por repugnancia a la escena violenta y porque era un amante de los animales—, ¡serénense niños! Díganme: ¿qué les ha hecho este pájaro?

Uno de los niños se detuvo, lo miró con extrañeza y respirando de manera agitada respondió:

—Tenemos hambre, señor —lo dijo con su voz dulce de campesino indígena. Este hombre reaccionaba rápido y exclamó:

—¡Escuchen, tengo dinero para ustedes, pero dejen al pájaro! —todos los niños detuvieron su carrera como si hubieran escuchado un conjuro mágico el cual los hipnotizara, de esa forma se acercaron lentamente a él quien se apresuró a sacar de su cartera billetes para entregarlos como una forma de salvar al pobre pájaro. Mientras hacía esto, atisbaba la huida frenética del ave condenada a muerte. Terminó su reparto y dejó a los niños contemplando en sus manos ese regalo inesperado, se subió a su auto y fue por el pájaro. Se acercó y bajó del auto para atraparlo. La carrera lo había agotado y no fue difícil tomarlo con los brazos, el animal cerró sus alas y temblaba —no era para menos—, pudo ver era un pájaro bastante feo con sus ojos pequeños y húmedos, un pico corto y una papada floja y con arrugas; lo colocó en el asiento trasero después de limpiarle con un trapo el polvo sobre sus plumas y algo de sangre en un ala.

Volvió a manejar y reflexionaba qué iba a hacer con su rescatado, cuando escuchó:

—Muchas gracias —era el pájaro que hablaba con voz ronca.

El hombre se sorprendió, pero siguió manejando aunque en momentos lo veía por el espejo retrovisor.

—¿Estás herido? ¿Por eso no podías volar? —lo interrogó mientras el pájaro miraba de manera melancólica el paisaje por la ventanilla

—Tú limpiaste mi sangre…estuve cerca de caer en manos de esos pequeñuelos salvajes —dijo con un suspiro de alivio.

—Recuerdo un pájaro que hablaba

—dijo de pronto el hombre—, era una historia de Berrnard Malamud…

—Sí —le respondió el animal—, pero ese era un pájaro judío, yo soy protestante. “La ventana estaba abierta y por ella entró el esquelético pájaro, volando, batiendo las alas deshilachadas. Así son las cosas. Abierta y entras. Cerrada, te quedas fuera y es tu destino”. Fin de la cita. Pasaste tú y me salvaste de la olla. Se llama destino, porque todo en este mundo está predestinado por el Señor.

—Vaya, te sabes de memoria…

—comentó el hombre, cada vez más sorprendido

—De seguro piensas que los protestantes sólo nos aprendemos de memoria pasajes bíblicos —replicó el pájaro—, aunque eres un buen hombre puedo adivinar eres también un idólatra, en este país casi todos lo son.

—Bueno, bueno, no vamos a tener una discusión religiosa, digo, no muchos conocen a Malamud…—contemporizó el hombre— ¿cómo se llamaba ese pájaro judío?

—Se llamaba Swartz y debió convencer a la familia Cohen de Nueva York que no era un fantasma ni un dibbuk, así pudo vivir con ellos hasta que el papá lo echó a la calle: los niños eran mejores que el padre quien bebía, de seguro tus hijos si no son muy grandes de edad son buenos como tú y seguramente mejores por ser inocentes, pues los muchachillos sólo son tristes o malos si no les dan de comer. Pero tú no vayas a creer que soy un demonio, ni se te ocurra comentarle a ningún cura de mi existencia.

“Todo un caso, ahora tengo un pájaro protestante y prejuiciado que debo llevar a casa”, pensó el hombre.

Ya en casa, su esposa ayudó a curar al pájaro. Sus dos hijos —unos muchachillos— veían con curiosidad al animal que resoplaba cansadamente sobre la mesa de la cocina. Entonces el hombre le dijo a su familia:

—Este pájaro habla-.

—Soy el señor Pérez —se presentó él, volteando su cabeza nerviosamente— y si tienen una Biblia en casa sería un huésped feliz.

—Habla mucho —dijo la esposa— ¿y quién le dijo que va a vivir aquí?

—preguntó al aire con un tono que no mostraba resignación alguna.

Pero los hijos abogaron de inmediato por él, confirmando la premonición del pájaro protestante. Y el hombre dio un argumento contundente:

—Casi siempre los protestantes son ordenados, se someten a muchas reglas. —Fanáticos… —dijo ella, que era una católica devota.

Pero la esposa y el señor Pérez terminaron siendo muy amigos, sobre todo porque él le ayudaba a hacer la tarea a los hijos.

—Es muy severo el señor Pérez, pero ha leído mucho, ni parece protestante —le dijo una vez ella al hombre acostados en su recámara.

—Algunos protestantes leen más que la Biblia —dijo él, que no dejaba de discutir con el señor Pérez de teología, literatura y política, los géneros más importantes para entender el bien y el mal.

—Aunque no me gusta que nos siga diciendo idólatras —dijo ella y apagó la lámpara del buró.

Pasaron varias estaciones y un día el hombre le dijo al pájaro protestante:

—¿Ya ves? Yo no te he echado a la calle como el señor Cohen hizo con el pobre Schwartz-.

—Sí, por eso le arrancaron los ojos los antisemitas del barrio —contestó lúgubremente el señor Pérez— y eso gritaron los niños Cohen, con espanto, al final de esa historia, cuando encuentran su cadáver tirado en un pequeño solar junto al río, algo muy triste sin duda.

Un día de un frío diciembre, mientras el señor Pérez estaba solo en casa descansando en el balcón con su Biblia al lado, unos vecinos pelafustanes, en un acto irremisible propio de un destino injusto, penetraron al departamento y sin que él pudiera huir se apoderaron del señor Pérez.

Pasó el tiempo y una vez, acompañado de sus hijos buscando yerbas para un té de la esposa, quien estaba enferma, el hombre fue al mercado de Jamaica y de pronto, sin ninguna duda de que se trataba de él, encontraron en un puesto al pájaro negro de grandes alas y cabeza fea, el cual creían había emigrado sin más ni más. Lo tenían disecado. Era el señor Pérez, inmóvil y terrible, con sus ojos abiertos y fijos para siempre. Los hijos del hombre, al unísono, pronunciaron una sola palabra para señalar a sus asesinos: “¡idólatras!”.

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