Cultura
Xalapa, Ver.- La celebración del día de muertos, a pesar de la brutal penetración cultural a la que se ve sometido nuestro país, de manera especial a través de los medios de comunicación masiva; que inducen a la juventud y niñez a asumir costumbres de las que ignoran el significado, es una tradición profundamente arraigada en la conciencia del pueblo y que al paso de los años, enfrentando los embates de la modernidad, se resiste a morir.
México es sin duda, un país donde se mezclan las más variadas formas de expresión del arte y la cultura. Somos una nación que a través del tiempo ha logrado enriquecer y consolidar una particular forma de ver y sentir el mundo. Y sin duda la muerte ha sido desde nuestros prehispánicos antepasados, un evento mágico y espiritual, un deseo por saber que hay más allá de lo inexplorable, a la vez que revela la confianza por el porvenir.
El culto a los muertos, es una costumbre arraigada entre los mexicanos, desde antes de la llegada de los españoles, como puede comprobarse por la serie de objetos y reliquias encontrados en las ruinas arqueológicas prehispánicas.
No se sabe exactamente su origen, pero en nuestro país se ha convertido en una fuente de expresión y creatividad; y principalmente en una manera de rendir homenaje a aquellas personas que formaron parte importante de nuestra vida y que hoy, ya no están con nosotros.
Los Orígenes
La cultura madre, los Olmecas, consideraba que los muertos regresaban del otro mundo con mensajes de los dioses acerca del devenir del pueblo, por tal motivo era una fiesta el día de la llegada de este mensajero. Los aztecas de igual forma, celebraban la llegada de sus muertos, ellos tenían dos fechas especiales: la primera en el mes de agosto- era dedicada a los pequeños muertos; y la segunda, en noviembre, celebraban a los muertos grandes.
Los Mexicas, considerados como “pueblo de la muerte”, consideraban que existían nueve planos extendidos bajo la tierra, y ahí, permanecían los muertos. El destino final de cada individuo no era determinado por su comportamiento en vida, sino por la forma de morir. De esta manera, si en su muerte el agua había tomado un papel fundamental, digamos una pulmonía o ahogo, su alma entraba al Tlalocan, el paraíso del mítico Dios Tláloc. Si morían sacrificados, en combate, o en el caso de las mujeres dando a luz, se convertían en compañeros del sol.
Mictlan era el país de la muertos, el destino de las almas; pero para llegar a él, tenían que pasar por diversos sitios llenos de dificultades: dos sierras que casi llegaban a tocarse, ocho desiertos, ocho cerros, una zona de vientos helados que cortaban como navajas y el gran río Chignahuapan. Otro sitio en donde descansaban los muertos era el Chichihualco, que significa casa de la leche, solo que aquí era un lugar especial para los niños, donde se alimentaban del árbol de la leche, llamado “chichiuahuitl”. Además creían que los niños sí tenían la capacidad de reencarnar.
En sus diversas manifestaciones culturales, la cultura mexica denota que la vida no es más que un efímero sueño, de la cual la muerte es el despertar para ir al Mictlan (mundo de los muertos).
Encuentro y sincretismo
Cuando los españoles llegaron hasta nuestras tierras, vieron con asombro las prácticas funerarias, pues al contrario de los indígenas, ellos le tenían terror a la muerte. Con la llegada del cristianismo, los cráneos que decoraban el Tzompantli en la gran ciudad de México -Tenochtitlán, fueron arrasados, pero los sobrevivientes al holocausto no permitieron que desapareciera su culto y pronto reaparecieron los altares del nuevo rito, lo cual aprovecharon los evangelizadores para enseñar a los indígenas una nueva tradición, Los Fieles Difuntos.
Durante los primeros años de la conquista, la muerte se empezó a representar como una calavera con una guadaña, ese simbolismo si fue aceptado por los mestizos.
En el siglo XVIII la figura se hizo menos amenazadora y adoptó actitudes comunes a las del pueblo, la calavera bailaba o tomaba pulque, según se le quisiera representar.
Tradición que se niega a morir
Hoy seguimos observando esta rica tradición de nuestro pueblo, tradición que identifica a nuestro país como una nación rica en tradiciones culturales que sintetizan la idiosincrasia de los mexicanos.
Para los mexicanos la muerte no significa la negación de la vida sino una parte complementaria de ella. Por ello la muerte no es algo que produzca angustia o pavor. Más bien es asumida con total naturalidad.
Así la muerte es representada en la riqueza cultural de nuestro país, desde el sincretismo religioso que la lleva a los altares para adorarla con devoción, pasando por las jocosas “calaveras” que haciendo gala del hablar poético, hacen escarnio y critican el quehacer de las figuras públicas; hasta las poesías más serías y filosóficas que cuestionan el origen y el sentido del hombre, sin olvidar, por supuesto, las suculentas comidas y golosinas que rememoran estas fechas. Recuerde el lector, el sabroso “pan de muerto” y alégrese con una rica “calaverita de azúcar o chocolate.
Finalmente diremos que el mexicano lleva la muerte en la boca. Para muestra un botón del hablar diario de nuestro pueblo: Al fin que para morir nacimos. Asustar con el petate del muerto. Cayendo el muerto y soltando el llanto. . El muerto y el arrimado a los tres días apestan. El que por su gusto muere hasta la muerte le sabe. Entre todos lo mataron y él solito se murió. Las penas no matan, pero ayudan a morir. Así que… Al diablo la muerte, mientras la vida nos dure.
México es sin duda, un país donde se mezclan las más variadas formas de expresión del arte y la cultura. Somos una nación que a través del tiempo ha logrado enriquecer y consolidar una particular forma de ver y sentir el mundo. Y sin duda la muerte ha sido desde nuestros prehispánicos antepasados, un evento mágico y espiritual, un deseo por saber que hay más allá de lo inexplorable, a la vez que revela la confianza por el porvenir.
El culto a los muertos, es una costumbre arraigada entre los mexicanos, desde antes de la llegada de los españoles, como puede comprobarse por la serie de objetos y reliquias encontrados en las ruinas arqueológicas prehispánicas.
No se sabe exactamente su origen, pero en nuestro país se ha convertido en una fuente de expresión y creatividad; y principalmente en una manera de rendir homenaje a aquellas personas que formaron parte importante de nuestra vida y que hoy, ya no están con nosotros.
Los Orígenes
La cultura madre, los Olmecas, consideraba que los muertos regresaban del otro mundo con mensajes de los dioses acerca del devenir del pueblo, por tal motivo era una fiesta el día de la llegada de este mensajero. Los aztecas de igual forma, celebraban la llegada de sus muertos, ellos tenían dos fechas especiales: la primera en el mes de agosto- era dedicada a los pequeños muertos; y la segunda, en noviembre, celebraban a los muertos grandes.
Los Mexicas, considerados como “pueblo de la muerte”, consideraban que existían nueve planos extendidos bajo la tierra, y ahí, permanecían los muertos. El destino final de cada individuo no era determinado por su comportamiento en vida, sino por la forma de morir. De esta manera, si en su muerte el agua había tomado un papel fundamental, digamos una pulmonía o ahogo, su alma entraba al Tlalocan, el paraíso del mítico Dios Tláloc. Si morían sacrificados, en combate, o en el caso de las mujeres dando a luz, se convertían en compañeros del sol.
Mictlan era el país de la muertos, el destino de las almas; pero para llegar a él, tenían que pasar por diversos sitios llenos de dificultades: dos sierras que casi llegaban a tocarse, ocho desiertos, ocho cerros, una zona de vientos helados que cortaban como navajas y el gran río Chignahuapan. Otro sitio en donde descansaban los muertos era el Chichihualco, que significa casa de la leche, solo que aquí era un lugar especial para los niños, donde se alimentaban del árbol de la leche, llamado “chichiuahuitl”. Además creían que los niños sí tenían la capacidad de reencarnar.
En sus diversas manifestaciones culturales, la cultura mexica denota que la vida no es más que un efímero sueño, de la cual la muerte es el despertar para ir al Mictlan (mundo de los muertos).
Encuentro y sincretismo
Cuando los españoles llegaron hasta nuestras tierras, vieron con asombro las prácticas funerarias, pues al contrario de los indígenas, ellos le tenían terror a la muerte. Con la llegada del cristianismo, los cráneos que decoraban el Tzompantli en la gran ciudad de México -Tenochtitlán, fueron arrasados, pero los sobrevivientes al holocausto no permitieron que desapareciera su culto y pronto reaparecieron los altares del nuevo rito, lo cual aprovecharon los evangelizadores para enseñar a los indígenas una nueva tradición, Los Fieles Difuntos.
Durante los primeros años de la conquista, la muerte se empezó a representar como una calavera con una guadaña, ese simbolismo si fue aceptado por los mestizos.
En el siglo XVIII la figura se hizo menos amenazadora y adoptó actitudes comunes a las del pueblo, la calavera bailaba o tomaba pulque, según se le quisiera representar.
Tradición que se niega a morir
Hoy seguimos observando esta rica tradición de nuestro pueblo, tradición que identifica a nuestro país como una nación rica en tradiciones culturales que sintetizan la idiosincrasia de los mexicanos.
Para los mexicanos la muerte no significa la negación de la vida sino una parte complementaria de ella. Por ello la muerte no es algo que produzca angustia o pavor. Más bien es asumida con total naturalidad.
Así la muerte es representada en la riqueza cultural de nuestro país, desde el sincretismo religioso que la lleva a los altares para adorarla con devoción, pasando por las jocosas “calaveras” que haciendo gala del hablar poético, hacen escarnio y critican el quehacer de las figuras públicas; hasta las poesías más serías y filosóficas que cuestionan el origen y el sentido del hombre, sin olvidar, por supuesto, las suculentas comidas y golosinas que rememoran estas fechas. Recuerde el lector, el sabroso “pan de muerto” y alégrese con una rica “calaverita de azúcar o chocolate.
Finalmente diremos que el mexicano lleva la muerte en la boca. Para muestra un botón del hablar diario de nuestro pueblo: Al fin que para morir nacimos. Asustar con el petate del muerto. Cayendo el muerto y soltando el llanto. . El muerto y el arrimado a los tres días apestan. El que por su gusto muere hasta la muerte le sabe. Entre todos lo mataron y él solito se murió. Las penas no matan, pero ayudan a morir. Así que… Al diablo la muerte, mientras la vida nos dure.
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