Cultura
29.10.2012 | 08:00

Traen migrantes altar y tradiciones

Mujeres migrantes de origen mixe, mixteca, nahua, otomí y purépecha crearon altares de muertos, ésos que más que un símbolo, son un portal de comunicación entre vivos y difuntos

Escrito por Imelda Robles y Karen López/Agencia Reforma
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MONTERREY, NL  -Oct .- Con sus tradiciones más vivas que nunca, mujeres migrantes de origen mixe, mixteca, nahua, otomí y purépecha crearon en la Alameda altares de muertos tradicionales, ésos que más que un símbolo, son un portal de comunicación entre vivos y difuntos.


En algunas de las instalaciones destacaron las coronas de cempasúchil; en otras, sus frutas colocadas como ofrenda o sus platos con comida y botellas de mezcal y tequila, al gusto de quienes se adelantaron en el camino.


"(Las mujeres) vienen de diferentes estados, de diferentes comunidades, pero tienen una misma tradición", dice Élida Franco, quien apoya a las comunidades en la Casa de la Mujer Indígena Zihuakali, asociación que organizó el montaje en vísperas del Día de Muertos, este viernes.


"En la época prehispánica, la mujer era portadora del fuego, de la oración y de la palabra que vincula lo terrenal y lo divino".


Por medio del popochcomitl, la "olla que humea", el copal se quema en los altares para conectar los dos mundos.
En la explanada, los paseantes, muchos de ellos también migrantes, tomaron fotos a las instalaciones y hasta se animaron a bailar el "Xochipitzahua" (flor delicada), son dedicado a la Virgen de Guadalupe y considerado himno de la Huasteca.


Antes de desmontar sus altares, una banda de música tradicional veracruzana cerró anoche la fiesta dedicada a las ánimas.


Hoy, cinco mujeres de diferentes etnias, integrantes de la Casa de la Mujer Indígena Zihuakali, comparten sus tradiciones vinculadas al 2 de noviembre y que trajeron consigo desde sus pueblos como una riqueza inmaterial que ahora viven a distancia.

Arco frutal
El 2 de noviembre, los mixes preparan la mesa con más sillas porque saben que los difuntos llegarán a sentarse, cuenta Lilia Patricio Galván, miembro de esta etnia y nacida en San Pedro y San Pablo Ayutla, Oaxaca.


"Todo el pueblo va al panteón el día primero y luego invitas a todos los difuntos, a sus almas, a que vayan a tu casa, como quien dice vas por tus muertitos al panteón", cuenta esta joven de 23 años, quien vive en la Colonia Villalegre.


"Todas las familias están en sus casas conviviendo con los difuntos, ellos pasan y se sientan, y cuando entras saludas, aunque no haya nadie tenemos la creencia de que ahí están sentados".


La flor de cempasúchil la siembran en su pueblo para que se coseche justo en estas fechas.


Desde el 25 de septiembre, los mixes empiezan a preparar el arco con carrizo y flores, y aproximándose el 2 de noviembre se cuelgan sobre él frutas como plátano, mandarina y naranja.


Se piensa que los muertos no tocan el piso, vuelan, y por eso les será más fácil tomar el alimento si está arriba.
"El 3 de noviembre (las almas) ya se van al panteón y se hace otra misa allá para que no se queden en tu casa", detalla.

Chapulines guías
Las velas y el agua bendita son lo más importante para que el difunto pueda guiarse al altar en la comunidad mixteca de San Andrés Montaña, Silacayoapam, Oaxaca.


Para ellos la celebración es el 31 de octubre y finaliza el 1 de noviembre, comenta Esther Cruz, de 24 años, quien migró a Monterrey para estudiar y vive en la Colonia Héctor Caballero, en Juárez.


"El festejo es el 31 porque simboliza que es el día en que se abren las puertas para los muertos y puedan venirnos a visitarnos", relata.


Ellos tienen la creencia de que enterrando un chapulín con comida del altar es como regresan las almas al cielo.


Los mixtecos buscan cinco chapulines por persona muerta y después los meten en una bolsa de plástico con una porción de alimento.


"La gente los entierra con la comida y esto simboliza que los chapulines van a ser el medio por el cual se van a regresar. Los chapulines son el sacrificio", explica.

Caminos de flor
Para los nahuas, los difuntos salen del panteón y llegan a la casa guiados por un caminito de flor de cempasúchil que forman los familiares.


Elvira Maya Cruz tiene 33 años, es nahua nacida en Ilamatlán, Veracruz y desde hace 14 años vive en Monterrey, pero siempre hace el mayor esfuerzo por viajar a su pueblo para revivir la tradición.


"El 30 de octubre ponemos el altar en la casa y el 1 de noviembre hacemos un caminito con pura flor de cempasúchil hasta la calle, donde se topa con los caminos de otras casas, y después se forman varios hasta llegar al panteón", relata la vecina de la Colonia Fernando Amilpa, en Escobedo.


"Se hace el caminito porque por ahí van a pasar las almas para ir a las casas".


El 2 de noviembre llegan los difuntos para quedarse todo el día y se cambian las ofrendas tres veces al día. La celebración concluye el 5 y 6 de noviembre donde todos los vivos van al panteón y se oficia una misa.

Una buena comida
Julia Pastor Sixto, de 33 años, está vinculada a dos etnias. Su mamá es otomí nacida en Santiago Mexquititlán, Querétaro, y su papá es zapoteco, nació en San Francisco de Asís, Oaxaca.


En la comunidad materna se coloca el altar con fotos, veladoras y las comidas que más le gustaban al difunto. Ya con el altar instalado, la familia habla con el difunto a través de su retrato pidiéndole que baje a comer.


"Se le habla para que vengan a comer lo que le están ofreciendo, primero se le habla a los niños y luego a los adultos. El muerto se queda con nosotros todo el día", explica Pasto Sixto, quien radica en la Colonia Ampliación Modelo.


"Platicamos como si él estuviera ahí", dice, "en el altar se pone naranja, cempasúchil, mandarina, caña y calabaza en dulce".


De la tradición paterna, ella comenta que lo más característico es el llamado atole agrio que preparan para colocarlo en el altar y que el difunto "toma" durante el día.


Dada la amplia gastronomía en esa zona de Oaxaca, los difuntos pueden recibir como ofrenda tamales de mole o elote, chilecaldo, tesmole de chivo o un refrescante tepache.

Convivio inmortal
La medianoche del 1 de noviembre es una de las más ansiadas por el pueblo de Pamatácuaro, Michoacán.


Los habitantes salen de sus casas hacia el panteón con coronas, cruces adornadas con fruta, pan de muerto y muchos platillos que eras los preferidos del difunto. Ahí se quedan toda la noche rezando, conviviendo y platicando.


El altar se instala en la casa tres días antes, cuenta Guadalupe Rincón Ramos, purépecha, quien tiene cinco años de vivir en Monterrey.


"El difunto llega a la casa, por eso se le pone la comida y se les cambia (de platillos), el altar está nueve días y luego se quita", dice. "Allá todo es más natural, no le ponen cosas artificiales, aquí (en Monterrey) a veces las coronas ya son de otro tipo de material, y allá no".


Rezan un novenario que concluyen el 2 de noviembre en la tumba familiar, donde se acostumbra llevar comida para disfrutar con el muerto.

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