Duende
15.04.2010 | 22:25
El general y los “daños colaterales”
Así, con esa frialdad y con esa contundencia, pajarracos, les respondió el secretario de la Defensa a los senadores que, en un encuentro privado con el gabinete de seguridad
¿Qué les dice el general secretario Guillermo Galván a los padres de niños que han muerto baleados en fuegos cruzados o por las balas equivocadas de soldados del Ejército? Que la muerte de sus niños, por dolorosa y terrible que sea para ellos y para todo el país, son sólo “daños colaterales”. ¿Qué les dice el titular de la Defensa Nacional a los hijos, hermanos o padres de civiles inocentes que han muerto por confusión o por tener la mala suerte de estar en el lugar equivocado en esta guerra sanguinaria contra el narco? No mucho, su pérdida fueron penosamente “daños colaterales”.
Así, con esa frialdad y con esa contundencia, pajarracos, les respondió el secretario de la Defensa a los senadores que, en un encuentro privado con el gabinete de seguridad, el lunes pasado, le preguntaron por las muertes de civiles, lamentables y atroces, que están ocurriendo a diario en la guerra contra el narcotráfico, algunas de ellas a manos del Ejército y por errores o confusiones de los soldados de tropa o de los infantes de la Marina. “Son daños colaterales”.
¿Qué sentirá una madre que ha perdido un hijo en esas terribles condiciones de violencia?, ¿qué sentirá un hermano que sabe que a su carnal lo acribillaron por error los militares?, ¿qué sentirá un esposo que ha perdido a su esposa porque tuvo la mala fortuna de cruzarse por el lugar donde los narcos se baleaban entre ellos o disparaban contra militares o policías federales?
Está claro que el término que utiliza el secretario para responder a los cuestionamientos de los senadores es parte de la jerga militar; que así se les llama en una guerra a los resultados no deseados, a los costos de vidas de civiles que se tienen por error o por acciones equivocadas de los ejércitos, pero ¡cuidado! Porque la gente que está ahogada en el dolor por la pérdida de un hijo, de un familiar o de un amigo, debido a un error del Ejército, puede no entender de la terminología militar, pero sí entiende de la sensibilidad humana, y el general Galván, al expresarse de esa manera, suena insensible al dolor de esas familias.
La Sedena no ha tenido ni siquiera una disculpa pública para los padres de los dos niños que fueron acribillados por miembros del Ejército en Tamaulipas, en la carretera entre Nuevo Laredo y Reynosa, cuando la familia viajaba en una camioneta por sus vacaciones. Un niño de cinco años, baleado en los brazos de su madre que gritaba desesperada a los soldados que no dispararan y otro de nueve años, murieron en ese espantoso “daño colateral”. Y nadie les ha dado una explicación, una disculpa y mucho menos una indemnización.
A lo más que llegó el general fue a explicarles a los senadores que las confusiones de los soldados que disparan y matan a civiles inocentes, tienen que ver con que los narcos “se visten de civil” y es difícil distinguirlos al momento de un retén o un tiroteo. Puede tener razón el secretario, pero ¿cómo explicar, pajaritos, que los soldados hayan disparado al niño Bryan Almanza cuando su madre lo tenía en los brazos, o a su hermano Martín, que viajaba en la camioneta donde la familia de 13 personas fue sorprendida por el fuego militar?
Ayer mismo, pajarracos, en una balacera entre narcos en plena costera Miguel Alemán de Acapulco, una niña de cinco años cayó muerta al igual que otros cuatro civiles que paseaban por el lugar cuando los sorprendió el fuego cruzado.
Es cierto que los “daños colaterales” son parte de cualquier guerra y que, lamentablemente, en el tipo de guerras que se libran ahora en el mundo cada vez son más los civiles inocentes que mueren ante la imprecisión o la potencia de armas y misiles nucleares. Pero también es cierto que en cualquier guerra, cuando los “daños colaterales” empiezan a ser más notorios y evidentes que los resultados o los objetivos por los que se hizo la guerra, entonces es signo inequívoco de que esa guerra es errática y se está perdiendo. ¿No será que eso empieza a pasar en la guerra contra el narco en México con tantos civiles inocentes muertos?
Así, con esa frialdad y con esa contundencia, pajarracos, les respondió el secretario de la Defensa a los senadores que, en un encuentro privado con el gabinete de seguridad, el lunes pasado, le preguntaron por las muertes de civiles, lamentables y atroces, que están ocurriendo a diario en la guerra contra el narcotráfico, algunas de ellas a manos del Ejército y por errores o confusiones de los soldados de tropa o de los infantes de la Marina. “Son daños colaterales”.
¿Qué sentirá una madre que ha perdido un hijo en esas terribles condiciones de violencia?, ¿qué sentirá un hermano que sabe que a su carnal lo acribillaron por error los militares?, ¿qué sentirá un esposo que ha perdido a su esposa porque tuvo la mala fortuna de cruzarse por el lugar donde los narcos se baleaban entre ellos o disparaban contra militares o policías federales?
Está claro que el término que utiliza el secretario para responder a los cuestionamientos de los senadores es parte de la jerga militar; que así se les llama en una guerra a los resultados no deseados, a los costos de vidas de civiles que se tienen por error o por acciones equivocadas de los ejércitos, pero ¡cuidado! Porque la gente que está ahogada en el dolor por la pérdida de un hijo, de un familiar o de un amigo, debido a un error del Ejército, puede no entender de la terminología militar, pero sí entiende de la sensibilidad humana, y el general Galván, al expresarse de esa manera, suena insensible al dolor de esas familias.
La Sedena no ha tenido ni siquiera una disculpa pública para los padres de los dos niños que fueron acribillados por miembros del Ejército en Tamaulipas, en la carretera entre Nuevo Laredo y Reynosa, cuando la familia viajaba en una camioneta por sus vacaciones. Un niño de cinco años, baleado en los brazos de su madre que gritaba desesperada a los soldados que no dispararan y otro de nueve años, murieron en ese espantoso “daño colateral”. Y nadie les ha dado una explicación, una disculpa y mucho menos una indemnización.
A lo más que llegó el general fue a explicarles a los senadores que las confusiones de los soldados que disparan y matan a civiles inocentes, tienen que ver con que los narcos “se visten de civil” y es difícil distinguirlos al momento de un retén o un tiroteo. Puede tener razón el secretario, pero ¿cómo explicar, pajaritos, que los soldados hayan disparado al niño Bryan Almanza cuando su madre lo tenía en los brazos, o a su hermano Martín, que viajaba en la camioneta donde la familia de 13 personas fue sorprendida por el fuego militar?
Ayer mismo, pajarracos, en una balacera entre narcos en plena costera Miguel Alemán de Acapulco, una niña de cinco años cayó muerta al igual que otros cuatro civiles que paseaban por el lugar cuando los sorprendió el fuego cruzado.
Es cierto que los “daños colaterales” son parte de cualquier guerra y que, lamentablemente, en el tipo de guerras que se libran ahora en el mundo cada vez son más los civiles inocentes que mueren ante la imprecisión o la potencia de armas y misiles nucleares. Pero también es cierto que en cualquier guerra, cuando los “daños colaterales” empiezan a ser más notorios y evidentes que los resultados o los objetivos por los que se hizo la guerra, entonces es signo inequívoco de que esa guerra es errática y se está perdiendo. ¿No será que eso empieza a pasar en la guerra contra el narco en México con tantos civiles inocentes muertos?
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“Claro que si afectará, todo lo que sume para una mejor seguridad es bienvenido".

