Turismo
Pero este bicho avanzaba al estilo realmente local; nada en St. John, la más pequeña y menos desarrollada de las tres principales Islas Vírgenes de Estados Unidos, sucede con prisa. Le tomó casi media hora recorrer los tres metros de extensión del techo.
En otras partes del Caribe, uno probablemente llamaría a un mayordomo para que se deshiciera de esos visitantes. Pero no en esta parte de St. John, en la orilla de un parque nacional en el que abundan los bosques y manglares.
Nuestra razón primaria para visitar esta diminuta isla, mil 500 kilómetros al sureste de Miami, había confundido a nuestros amigos. Iríamos al Caribe a acampar. Sí, acampar en sus playas.
Si se hace una exploración del Caribe se encontrará una relativa escasez de lugares de campamento. Aunque sí se pueden encontrar algunos espacios para ese fin, la mayoría de las islas caribeñas, al parecer, prefiere que los turistas se dirijan a los sitios generadores de divisas.
Eso aplica incluso en islas como Aruba, donde un parque protegido comprende casi una quinta parte de la isla, pero no hay un solo lugar donde los visitantes puedan levantar una carpa.
Pero en St. John, lo extenso de su Parque Nacional, que comprende dos terceras partes de la isla, y la dificultad de transportar materiales de construcción actúan como barreras contra los hoteleros hambrientos. En contraste, los sitios para acampar son fáciles de construir.
Nuestro destino era el sitio para acampar más famoso de la isla. Campamento de la Bahía Maho es una miniciudad de casitas de lona, establecida en 1976.
Su fundador, Stanley Selengut, un consultor de bienes raíces de Nueva York, había arrendado una gran extensión de terreno a lo largo de la costa norte de St. John, originalmente con la esperanza de construir un sitio de alojamiento frente al océano para él mismo y sus amigos. Pero surgieron las protestas de que amenazaría a la frágil capa arable del suelo. En vez de talar el terreno, desarrolló el aire sobre él. Así que 18 tiendas de lona y madera fueron erigidas sobre pilares y conectadas por senderos elevados bajo ?no en vez de ? los árboles.
Muchos años después, en una agradable tarde de miércoles en setiembre, mi novia y yo tirábamos de nuestra maleta a lo largo de un laberinto de senderos entarimados que ahora conectan 114 casitas de lona y 12 estudios en las casi seis hectáreas del rebosante bosque tropical. Miembros del personal dicen que unos 10 mil huéspedes realizan el fragmentado viaje hasta la bahía Maho cada año, y 80% es recurrente.
Para llegar a St. John, abordamos un transbordador desde St. Thomas, luego tomamos un taxi que nos llevó al Parque Nacional. Nuestro vehículo, un minibús, traqueteó resueltamente a través de túneles de árboles de huayas y jícaras, y sobre caminos muy erosionados. No nos importó. Las vistas eran espectaculares.
Las mejores vistas estuvieron en Maho. Nuestra casita se asemejaba a un chalet sin paredes, con una recámara, un área de estar y un balcón con aditamentos de madera, un techo de lona y ventanas a prueba de mosquitos. Pagamos US$ 80 la noche.
Mi percepción del Caribe siempre ha sido un lujurioso sueño de cómo vive la otra mitad: una serie de islas verdaderamente hermosas que se extiende desde la parte inferior de un continente hasta la parte superior de otro, donde la gente que gana más dinero que yo acude a jugar en grandiosos hoteles. Pero al mirar el agua desde nuestro balcón, no podíamos imaginar ser más consentidos. Habíamos encontrado nuestro nicho caribeño.
El alquiler del terreno del campamento vence el 2012 y la compañía que es la dueña, Giri Giri, está pidiendo US$ 32 millones. Turst for Public Land, un grupo conservacionista, está tratando de negociar un precio mejor para mantener los campamentos.
Si bahía Maho se cierra, el estatus de St. John como un enclave del camping caribeño no se perdería por completo. Al otro lado de la bahía frente a Maho está el Campamento de la Bahía de Cinnamon, donde 126 cabañas y tiendas rodean otra playa.
Mientras tanto, el dueño de Maho, Selengut, ya tiene un plan. Trepando el acantilado desde donde se domina Ram Head en el sureste de la isla, tiene un terreno de 21 hectáreas. Inadvertidamente descubrimos otro campamento al extremo oriental.
Saltando de una playa a otra a lo largo de la costa norte nos topamos con la ex casa de vacaciones de J. Robert Oppenheimer, que encabezó el Proyecto Manhattan que hizo la primera bomba atómica, ahora convertida en un centro comunitario, donde unos niños perseguían cangrejos.
No sentíamos ninguna presión para mezclarnos con otros huéspedes, o para comparar historias de creación de joyería o escapadas de yoga. Nuestra última noche fue totalmente apropiada, pues la pasamos jugando cartas y bebiendo cerveza, escuchando los esporádicos tropezones de nuestra soporífera iguana.
Cuando despertamos temprano al día siguiente, le deseamos suerte. Trepada en una rama de cactus que sobresalía sobre la bahía carente de viento, nuestra amiga reptil siguió inmóvil.
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